viernes, 6 de junio de 2014

Las mujeres de la familia

De la serie Cartas dolorosas a la amada Carmen.

Mi hija Carmen está lejos en estos tiempos, está en un lugar hermoso, recuperándose, fortaleciéndose y embelleciéndose más, si es que eso es posible. Está allá porque un profesor abusó de ella. Él ya se declaró culpable y lo sentenciaron hoy. Con un valor infinito, Carmen me dijo que quería que yo diera testimonio público en la sentencia, aunque podríamos hacerlo anónimamente. Yo quería dar testimonio porque nosotras no tenemos nada de qué avergonzarnos y los predadores sexuales se aprovechan de la vergüenza de sus víctimas. Pero en este caso, necesitaba el permiso de Carmen, pues ella es la más afectada.

Su valor me inspiró a contar mi propia historia de violencia sexual, para ser consecuente. Y de paso la historia de nuestra antepasada, la abuela de las abuelas.

Read in English: The women of the family

Las mujeres de la familia

por Isabel Manuela Estrada Portales

Pese a mi infatigable feminismo, que suele hacer que ustedes reviren los ojos hasta dislocarlos, de algún modo he obviado, tal vez por la parte brutal que tiene, celebrar y honrar lo suficiente la parte femenina de la familia. La historia que suelo contar es la de los abuelos que siempre ganaban batallas – el General Francisco Estrada de las Guerras de Independencia, quien solamente engendró 51 hijos…no preguntes.

Sin embargo, la heroína de nuestra estirpe es una negra esclava cuya belleza, cuenta la leyenda, hubiera parado el tráfico en tiempos posteriores, pero en aquel entonces incitaba al látigo y la lascivia – el látigo instigado por la frígida Doña Zulueta y la lascivia desbordada por su esposo, Don Zulueta, cuyo apellido llevamos.

Lamentablemente, de la hermosa María Zulueta solo heredé yo las caderas donde se almacena el chocolate, pero mi madre y mis hijas recogieron todo su esplendor…y al parecer, su osadía.

María tuvo muy joven a la primera mulata de la familia, también María, hija, obviamente de Don Zulueta. El parto, al parecer, le realzó la belleza, le amplió las caderas y le acentuó el coraje. Los dos primeros no le pasaron desapercibidos a Don Zulueta hijo (el “niño”), para su desgracia, el tercero, sí.

Tal vez necesitaba probar algo a su padre, tal vez vengaba a su madre. Cuentan que la poseyó una noche tan salvajemente que María sangró por días y casi no podía amamantar. Pero sanó. Y la belleza increíble que era su perdición fue también su ardid.

María usaba un crucifijo grande, de metal, dádiva generosa de Don Zulueta padre. El domingo anterior habían “trabajado” el crucifijo. (Me imagino que te reirás, Carmen, de oírme conceder esto, pero si su creencia en los santos la ayudó a perder el miedo, la evolución bendiga a Ochún y al resto del panteón).

Un día fue, hermosa y seductora, toda vestida de amarillo, a buscar al niño Zulueta. Él no se sorprendió. Las negras nunca somos realmente violadas. A las negras nos encanta que nos posean como a animales salvajes y que nos desgajen el cuerpo y el alma. Eso sabía él. Eso sabía María que él creía saber.

María podía seducir con el pensamiento. Contonearse bastaba para mover montañas. Ese pichón de sátrapa no tenía escapatoria. No sé los detalles entre el momento en que se cerró la puerta y el momento en que María salió corriendo por ella, aún desnuda y riendo. El crucifijo estaba embadurnado de sangre.

La risa de María la apagaban los gritos del niño Zulueta, con las cuencas sangrándole donde los ojos solían ir.

María no llegó muy lejos, pero su hija ya había escapado la noche antes en brazos de otra esclava y su marido. Y se crió cimarrona, de ahí tal vez nos venga a ti y a mí lo de gitanas.

Te conté que yo también, a los 14 años, fui casi violada en el zaguán del edificio donde vivía. Me salvaron de la consumación de la barbarie los pasos de un vecino que usualmente me hubiera aterrorizado, pero esa vez vino enviado del cielo. Mami nunca contó nada de esto a mis hermanos, porque esos son un poco trogloditas cuando se trata de mí y seguramente hubieran movido cielo y tierra para buscarlo y despedazarlo. Yo, por suerte, no lo conocía ni lo volví a ver…porque en ese tiempo era más cerrera que ahora, todavía no había asimilado a fondo las nociones intelectuales de no tomar la justicia por la propia mano y esas cosas de gente fina que no se practicaban en mi barrio y tal vez se lo hubiera dicho a mis hermanos de todas formas para darme el gusto de verlos patearlo. No lo había contado nunca en público, pero ahora lo digo al mundo, porque yo no tengo nada de qué avergonzarme. Él, sí.

Y yo he sanado. Incluso ese zaguán lo recuerdo ahora con cariño porque ahí me esperó un día algún amante del entonces y del después, e imagino que el cariño de sus besos exorcizó el sitio. 


Tú vas a sanar. Tú vas a florecer, mi Carmen. No porque eres Estrada ni Portales… esos son los apellidos de los hombres de la familia, que al final eran todos un poco de machistas. Tú vas a sanar y crecer porque tú vienes de María – de la estirpe de las Sherezadas de la historia – las mujeres que han usado sus encantos, su fiereza, su inteligencia y los prejuicios de los hombres para subvertir el orden y hacer un poquito de historia, de esa de la que se escribe con minúscula… la femenina.

jueves, 17 de abril de 2014

Sabel

Cuento de juventud…creo que tenía 20 años y un sueño…y dos amigas queridas, Patricia y Berta – que se volvieron Bercia – y otra, Irma, que me recriminó el final del cuento mucho, unos años después.

Aquel banco, aquel banco donde la ternura
trenzó una alcándara nacarada
flota ahora silencioso
sobre el cortejo
H.F. Maturana

¿Estás ahí? Te necesito, Jaime. Quizás no puedas entenderlo, como yo no entiendo ahora tus ojos irritados, tus manos crispadas sobre la mesa. ¿Por qué no me abrazas? Yo quiero tu calor hasta en mis cosas últimas. Es posible que no te des cuenta. Como cuando no percibiste mis ojos vidriados de emoción y plácido esfuerzo el día que hicimos el amor, dulce y desaforadamente, por primera vez. Sólo alcancé a agradecerte con los ojos aquel instante de extrema voluptuosidad.
Acércate, Jaime. Sé que no puedes oírme, pero mírame a los ojos. Me siento desoladamente feliz. Perdona ese capricho mío de haberte amado tan intensamente y mi huida cobarde. Perdona que la vida no me haya sido suficientemente leal y el haber creído que sólo jugábamos a un exorcismo inútil. Perdona, por favor, mi mirada exánime, mi boca inerte y esta posición de mi cuerpo incitando a un ajetreo interminable en las enfermeras, a la crispación de tus dedos, al sollozo de Bercia.
Fue el dolor. Yo sabía que ese dolor infinito en las entrañas tendría este rostro. No te preocupes, ya no puedo sentirlo. Soy feliz como aquella mañana que llovió tanto mientras paseábamos y decidimos guarecernos bajo el agua estancada de una fuente. “Para acabar de empaparnos”. Fue muy cómico ver tu barba llena de pajitas y hojas. Eras entonces un elfo y yo una ondina. “A ver quién salpica más”. Así le contamos al policía aquel que nos detuvo y nos dejó después cuando notó tu acento sudamericano.
O cuando te contaba una noche aquel filme que tanto me impresionó, donde se veían gusanos monstruosos recorriendo el desierto ávidos de agua. Mis dedos recorrían las dunas de tus vellos en busca de la sustancia vivificante. Cinco gusanos persiguiendo desesperadamente el agua dulce de tu boca. Por una transferencia feliz las bocas de los gusanos eran siempre mi boca; y, el agua vital de su búsqueda, el aliento en tus labios, la humedad excitante y rosada de tu lengua.
Siempre el lecho revuelto exudaba nuestras savias o, más bien, la casa; porque no hubo resquicio que no escuchara esa mezcla babélica de palabras obscenas y reclamos anhelantes que tú llamabas “nuestro alto alemán antiguo”.
Yo no diría más, Jaime. Pero tú ¿Nunca pensaste en el frío? Era algo que estaba ahí. En el reverso de nuestras caricias, al costado de esa frase tan tuya que endurecía mis carnes “eres mi hembra”. Cada orgasmo compartido era el presentimiento de una soledad irreductible. Tampoco nos dimos cuenta aquel día en que amanecí llorando. Había soñado algo, no sabía. Estaba traspasada por una tristeza inmensa. Trataste de consolarme. Hablaste de excursiones, de lugares íntimos que habías descubierto, donde podríamos amarnos. Sonreías; pero estábamos solos, Jaime. Yo no quise creerlo y para conjurar la premonición te pedí chocolate. ¿Recuerdas?
Nos echamos a reír y seguimos, ciegos y felices, hacia lo inevitable. Más tarde fueron los lacerantes dolores del parto. Sé que mis gritos te horrorizaron. A mí me aterró ese olor aséptico y muerto y las luces del pasillo como una galería interminable. Aunque ya no hay olor ni luces. No hay galerías y yo tengo miedo. ¿Estás ahí, Jaime? Tengo miedo. Tengo mucho miedo y frío. Tengo frío…

jueves, 22 de agosto de 2013

¿Chequeo migratorio a 5 kilómetros del aeropuerto de Quito? ¡Cuánta eficiencia!

Por Isabel Manuela Estrada Portales
El 12 de junio salía desde Quito a Bonn, Alemania, a la conferencia de Global Media Forum. Tomé un taxi para emprender la aventura…no, me refiero a la aventura hasta el aeropuerto de Tababela, que se ha convertido en motivo de bromas, llantos y maldiciones entre los viajeros frecuentes y entre los contribuyentes que tuvieron que pagar por él.
Grandes amistades surgen entre taxistas y pasajeros camino al aeropuerto. Tengo entendido que más de una relación amorosa ha nacido frente al puente de Chiche… dado que uno puede pasarse un par de horas esperando, no me sorprendería que se hubieran gestado embarazos.
Bueno, en la continua búsqueda de la eficiencia que caracteriza al gobierno actual en Ecuador, al parecer han decidido mejorar y agilizar el proceso de revisión migratoria en el aeropuerto. Para lo cual ahora la policía te detiene el taxi a diez minutos del aeropuerto y te interroga sobre tu destino final, tu motivo para estar en el país, quién te invitó, tus razones de ser, qué quieren ser tus hijas cuando sean grandes y cómo fue tu primera experiencia sexual. Mientras esto ocurre, están metiendo las narices por todas partes y otro policía flanquea al pobre taxista, que no sé si ellos pensaban iba a salir corriendo y saltar de un solo impulso el puente de Chiche.
Procedo a los detalles. Ese 12 de junio, mientras yo iba camino al aeropuerto, la policía detuvo el taxi y me sometió a un semi interrogatorio, con preguntas como: ¿cuál es su destino? Yo respondí: aeropuerto. Y me dijeron, no, ¿a dónde viaja? Estábamos todavía a unos diez minutos del aeropuerto, de modo que ni siquiera sé qué le hizo pensar que yo viajaba a ninguna parte, dado que la maleta estaba en el maletero, y no iba a comprarme un espresso y un cuatro leches en el Sweet and Coffee más próximo. Pero, más importante, la pregunta es: ¿Qué le autoriza a preguntarme a dónde voy, de dónde vengo o la hora que es?
Como me tomó un segundo reaccionar y recordar que estaba en Siria, le respondí que mi destino final era Alemania. Entonces me preguntó por qué estaba en el país, si tenía una invitación del gobierno y cosas por el estilo. Ya para ese entonces había recuperado mi sentido común y el desprecio que me despiertan los policías al servicio de autoritarianismos, puse la cara de sorna que me sale sola en esos casos y empecé a repetir la misma respuesta para todo: Fulbright. A ellos no les parecía simpático. Ni ellos a mí, así es que estábamos a mano.
Eran policías armados con uniforme y chaleco. Todo esto con la cabeza entera metida dentro comiéndome con los ojos y mirando a todas partes y mientras otro policía tenía la cabeza metida del lado del chófer. La cosa duró unos cinco minutos.
Me di cuenta de que el chófer estaba asustadísimo, lo cual me hizo limitar mi cinismo e irreverencia. Era un señor mayor, sesentón. Y me juraba y perjuraba que nunca había visto eso ni que le había pasado a él. Y dijo: "esto está ya como Cuba". Justamente, habíamos venido conversando sobre su visita a Cuba de segunda luna de miel hacía más o menos una década.
El taxista se quedó bastante tenso. El pobre, seguro que inicialmente pensó que estaba llevando al aeropuerto a la segunda esposa de “El Chapo” Guzmán, dado el despliegue. Habían montado un punto de control ad hoc, pero ni el taxista ni yo vimos que pararan a nadie antes de nosotros. Por señas ordenaron al taxista a meterse en un carril específico que habían cerrado. El taxista pensó que a lo mejor era a los taxis, pero vimos que los taxis seguían pasando sin que los pararan.
Siempre me dan mis sospechas con la autoridad, pero no quiero creer que mis críticas o investigación los hayan puesto tras mi pista o estén tratando de intimidarme o algo así. No soy tan importante. Pero por si acaso les cuento que vengo de una dictadura de 50 años… y ustedes están empezando ahora.
Ahora bien, lo importante de esto no es si me trataron de intimidar a mí, sino que exista la posibilidad de que la policía pueda parar a un ciudadano en las calles y hacerle preguntas por el hecho de estar respirando al aire libre. Así es en Cuba, de hecho, cualquier policía puede pedirte identificación por estar parado en una esquina.
Imagínense que la policía o cualquier representante de la autoridad pueda pararte donde le parezca y empezar a hacerte preguntas sobre cosas, sin ninguna causa no ya probable, sino ni aparente. Yo no tengo por qué dar explicaciones a la policía de a dónde voy, de dónde vengo o mis preferencias alimentarias. No estamos en estado de sitio. No hay ninguna emergencia. La gente tiene derecho no sólo a la privacidad sino al anonimato. Yo sé que tengo que someterme a una colonoscopía si la autoridad lo considera necesario cuando paso seguridad en el aeropuerto. Si decido viajar en avión, ya sé que esas son las reglas. Pero no hay ninguna razón ni ley alguna que me obligue a dar parte de mis actividades a cualquier payaso de uniforme. Y si hay una ley que diga semejante cosa, tengan cuidado, porque las leyes no son justas sólo porque existen. Todos las dictaduras han pasado leyes. Hay leyes que son inmorales.
Ecuatorianos, presten mucha atención a las cosas a las que se someten sonrientes… como diría Reynaldo Arenas, antes que anochezca. Y no se dejen llevar por el adagio de que siempre es más oscuro antes del amanecer…porque en Cuba estamos esperando el sol hace más de 50 años.

Lo único que puedo decir es que estaba tan bonita la carretera al aeropuerto que casi pasó desapercibida la afrenta a mis libertades cívicas.

martes, 20 de agosto de 2013

Los paraísos de libertad de Snowden y nuestro conflicto de medios y fines


Por Isabel Manuela Estrada Portales
Quien viola una ley injusta, que su consciencia le dice que es injusta y quien está dispuesto a aceptar la pena de ir a prisión para despertar la consciencia de la comunidad sobre su injusticia, en realidad expresa el máximo respeto por la ley.
Martin Luther King, Jr.
La situación con Edward Snowden, el más buscado de la agencia de seguridad nacional (NSA) de los Estados Unidos, me hace cuestionar cada uno de mis convicciones, creencias y caprichos. Por un lado, mi lado quijotesco aplaude su ímpetu de libertad. La parte de mí que se alegra de la captura de los que pusieron bombas en el maratón de Boston, sin embargo, duda.
Nacida y criada en Cuba, donde la noción de privacidad – ni hablar de las libertades individuales y cívicas – es completamente ajena, he tenido que entrenarme para insultarme intelectualmente cuando la Asociación Estadounidense de Libertades Civiles (ACLU, por sus siglas en inglés) o Rand Paul dicen que nuestra privacidad fue violada. Es decir, no siento esa rabia que me recome el hígado cuando, por ejemplo, una bomba estadounidense cae sobre una boda en Afganistán y mata hombres, mujeres y niños.
Pero regresemos a Snowden, me siento un poquito menos ofendida de que no terminó asilado en esos bastiones de transparencia y libertad de prensa que son Cuba, China, Venezuela o Ecuador. Sin embargo, el que solicitara y recibiera asilo en la Rusia de Putin, donde periodistas tienen la extraña tendencia de caer muertos aparentemente por la fuerza de la gravedad, me hace hervir la sangre.
Una representante de Amnistía Internacional negoció el acuerdo de asilo para Snowden. Es particularmente irónico y doloroso que ella haya tenido que huir de Rusia no hace mucho porque había recibido amenazas contra su vida por su trabajo en derechos humanos. Putin tiene una forma radical de lidiar con la crítica.
La izquierda estadounidense (de la cual soy miembro con carnet, especialmente de la más radical) – tal vez no toda la izquierda – ha apoyado lo que hizo Snowden como un acto de valor sin par, pero no vio ningún problema en que la lista de países que querían darle refugio parece el libro del año de la última graduación del seminario online Dictadura para Dummies. “China, Ecuador, Cuba, Venezuela y Rusia entran a un bar para encontrarse con Snowden y el barman pregunta: ¿dónde está Siria?”
Esa es la más triste ironía, que lo que la izquierda y Snowden están diciendo es lo que la izquierda en el resto del mundo siempre critica de Estados Unidos: a fin de cuentas, los estadounidenses sólo se preocupan por la violación de los derechos de los estadounidenses. Snowden no es bobo. Él sabe muy bien que estaría colgando por los pulgares si se las hubiera dado de James Bond en cualquiera de los países antes mencionados.
Es más, el pueblo cubano quiere apoyar a Snowden pero está todavía tratando de entender exactamente cuál fue su heroicidad. ¿Qué fue lo que él expuso? Porque como cubanos, ni siquiera tenemos una palabra para describir “espiar a sus ciudadanos”. La idea de que vivimos bajo el ojo vigilante del gobierno se imprime en nuestra consciencia desde que nos cortan el cordón umbilical, tal vez antes. De modo que la idea de que Snowden expuso que el gobierno espiaba a sus ciudadanos les suena a los cubanos como el descubrimiento de la prostituta gallega que lloraba porque se enteró de que las otras cobraban.
El caso de Ecuador es diferente. Según la recién estrenada ley de comunicación, el trabajo de espiar va a ser hecho directamente por los medios de comunicación que serán obligados a recoger la información – “datos personales que permitan su identificación, como nombre, dirección electrónica, cédula de ciudadanía o identidad” – de quienes hagan comentarios en sus páginas web, o hacerse legalmente responsables por dichos comentarios. Ver artículo 20 de la ley si no me creen. Sólo para mencionar un botoncito de muestra de la increíble expansión de las libertades del gobierno que refugia a Julian Assange.
Diría algo de Rusia pero para qué molestarse.
Entiendo que las opciones de Snowden se parecían en amplitud y gravedad a las de la película La Decisión de Sofía, pero me imagino que él no pensó que esto iba a ser un picnic cuando decidió arriesgarse para defender las libertades civiles que él considera tan preciadas. ¿Son sólo preciadas para los estadounidenses? ¿Son sólo preciadas cuando el que las limita o viola es el gobierno de Estados Unidos? ¿Acaso la privacidad y los derechos de los cubanos, rusos o ecuatorianos no son tan preciosos, entonces no tenemos problema con que esos gobiernos usen a Snowden para atacar al Lobo Malo del Norte mientras sus propios ciudadanos jamás tendrían la oportunidad de hacer la mitad de lo que Snowden hizo?
Como dije, el caso de Snowden me deja contra la espada y la pared y mientras más lo pienso más preguntas tengo.
¿Cualquiera que trabaja con información clasificada puede y debe comenzar a juzgar por sí mismo cuál información divulgar? Prestar atención al debe, porque si creemos que Snowden hizo lo correcto, entonces debemos estimular ese comportamiento. ¿No es eso lo que hacemos con los comportamientos heroicos, estimularlos para que se multipliquen?
¿Qué pasa si alguien está de acuerdo con el gobierno de Siria y decide pasarles información que el gobierno de Estados Unidos está usando para, por ejemplo, ayudar a los rebeldes? Si todos actuamos de acuerdo a nuestra consciencia, si esa persona está de acuerdo con Assad entonces ¿está siguiendo su consciencia y por tanto haciendo lo correcto?
Si uno quiere actuar en consciencia, uno no hace un juramento de guardar secretos para un gobierno que sabes que está actuando mal. Y si uno cree firmemente que lo que hizo está bien, tiene que echar la pelea completa. Si uno hace el juramento con el propósito expreso de exponer la actuación del gobierno, bueno, sí, eso se llama espiar. Y, sí, ve y escóndete y protégete, pero entiende que cualquier gobierno usará todo su poder contra los espías. Punto. No estoy ofreciendo un juicio de valor sobre eso, pero no pretendamos que no es espiar, porque ¿qué es entonces? En mi reino idílico, no harán falta espías, pero parece que aún no hemos llegado ahí.
Pero, por favor, no vayas a esconderte a países donde gente que hace la mitad de lo que tú hiciste tienen la costumbre de desafiar las leyes de la física y la gravedad y caer misteriosamente de edificios, sin pasar primero por una corte de justicia.
Pero exploremos un poco más la adquisición de información por parte del gobierno. ¿Y si la información evita un ataque?
Pese a ser cubana y tener los músculos de la privacidad y la libertad bastante atrofiados, no me parece nada simpático que el gobierno escuche mis conversaciones o lea mis correos electrónicos. Y, no, para nada acepto la noción de que si no estoy haciendo nada malo no tendría que preocuparme.
Pero tenemos que decidir honestamente lo que queremos. No podemos pretender que nos escandalizamos por que el gobierno nos espía, pero no tener ningún problema cuando ese espiar evita un ataque. Olvidémonos del terrorismo, nos han manipulado tanto con él que uno lo rechaza de plano. Consideremos otros escenarios.
¿Alguno de ustedes puede decir honestamente: yo prefiero que una bomba explote en la escuela de mis hijos que permitir que el gobierno use información de una conversación escuchada ilegalmente para pararlo? Yo sé que yo no puedo decir eso.
¿Pueden decirme honestamente que si el plan del tipo en New Haven, Connecticut, hubiera sido descubierto mientras escuchaban ilegalmente una conversación telefónica y se hubiesen podido prevenir la muerte de todos esos niños ustedes dirían: NO, no podemos usarla. Fue obtenida ilegalmente? Yo sé que a mí no me importaría si obtuvieron la información mientras grababan al tipo acostándose con su novia: ¡úsala, contra! Sí, sé el horror de las dos cosas...me pesan en la consciencia un poco más los cadáveres de los niños.
Pero vayamos más allá. Asumamos que usaron la información obtenida ilegalmente para prevenir la masacre en la escuela, pero no la pueden usar como evidencia contra el tipo porque fue obtenida ilegalmente. Entonces, tendrán que seguir por el resto de la vida del tipo grabando sus conversaciones ilegalmente porque saben que este tipo quisiera matar niños en una escuela ¿Ven el problema?
Sin embargo, no tengo ningún problema en decir que yo no quiero que se use tortura en NINGUNA circunstancia. No me importa si funciona. No quiero que se use porque es inmoral… siempre es inmoral. Quiero creer que yo no lo haría nunca. Quiero creer que mis hijas nunca lo harían. No puedo llevar en mi consciencia el peso de que el hijo de alguien está torturando en mi nombre y con mi tácito consentimiento.
¿Pero acaso los estadounidenses están dispuestos a rechazar la tortura en todas las circunstancias? Me opuse a la guerra en Afganistán, ni hablar de la de Irak, porque no creo que la guerra nos da seguridad y pienso que está mal. Punto. Pero recuerdo claramente que la mayoría de los estadounidenses están a favor de las dos guerras. ¿Cómo creemos exactamente que se pelea la parte de inteligencia de esas guerras?
Si estamos de acuerdo con esos fines por cualquier medio, no debemos pretender escandalizarnos tanto cuando los medios son expuestos.
Yo estoy completamente opuesta a la vigilancia electrónica y el espionaje ilegal. Palabra clave: ilegal. Creo que esa es la discusión que tenemos que tener abiertamente en una democracia: en el estado actual de las cosas, ¿qué estamos dispuestos a tolerar? ¿A qué estamos dispuestos a renunciar? No podemos decidir cuándo aceptar ilegalidad y cuando no, ni podemos vivir felices con los frutos de esa ilegalidad – si, por ejemplo, salvamos niños – pero escandalizarnos de esos métodos en el vacío.
El espionaje, obviamente, ocurre en secreto… Como diría José Martí, en silencio ha tenido que ser, porque hay cosas que para lograrlas han de andar ocultas. Pero tenemos que acordar como sociedad cuánto espionaje estamos dispuestos a tolerar y bajo qué circunstancias. Tenemos que dejar la hipocresía y no discutir en el vacío.
Si decidimos tolerar cero espionaje, muy bien, pues vivamos con las consecuencias. Pero dudo mucho que optemos por esa opción.